viernes, 28 de enero de 2011

UN PARTIDO DE TRAMPOSOS

Dicen los tipos que creen en paraisos ilusorios (tal que esos progres indigenistas sobre las sociedades nativas del Amazonas, a las que rápidamente ponen como ejemplo de ideal comunión con la Naturaleza), que vivir en los pueblos, habitar esas ridículas urbes apiñadas alrededor de una iglesia cuya disposición planimétrica te induce a pensar en el inveterado horror de la gente al vacío  de los campos y la tierra esquilmada por la avaricia y la industria, ambas desplegadas por un ejército de cromañones vestidos a la moda; vivir, como digo, en un pueblecito de la Llanura del corazón de esta vieja y fatigada Iberia que hoy parece a punto de extinguirse, resulta, para ellos, en algo así como una bendición de los dioses. No lo se... Es posible que el tipo (o tipa) sin pretensiones, sin ambición, sin ánimo de mejorar, y cocinado hasta la naúsea en el conformismo militante de las tardes de reunión al abrigo de un soez canuto de marihuana, estos suburbios de la civilización le hagan sentirse como en el mismísimo Jardín del Edén (eso sí, pero en su versión genuinamente laicista, no nos vayamos a confundir). Y hasta es perfectamente posible que un servidor esté al completo equivocado y su atrevida tesis sea sólo el reflejo de una callada y persistente frustración.

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